La tragedia golpea cuando Heathcliff se enamora de Catherine Earnshaw, una mujer de una familia adinerada de la Inglaterra del siglo XVIII.
TITULO ORIGINAL: Wuthering Heights
ACTORES: Margot Robbie, Jacob Elordi. Hong Chau.
DIRECCION: Emerald Fennell.
ORIGEN: Reino Unido, Estados Unidos.
DURACION: Minutos
CALIFICACION: Apta mayores de 16 años con reservas
FECHA DE ESTRENO: 12 de Febrero de 2026
Primero que nada aclaro que no leí la novela de Emily Brontë y que la única conexión que tenía con esta obra era la adaptación de 1992 con Juliette Binoche y Ralph Fiennes, que ya me la olvidé.
Así que no sabía exactamente qué me iba a encontrar.
Sí sabía que había (y hay) un fandom muy dividido por las inexactitudes con la obra original, ya sea en trama o personajes.
Aclarado esto, debo decir que me encantó el film.
Primero desde la puesta y la fotografía.
Emerald Fennell, en su tercer largometraje como directora, vuelve a demostrar su personalidad. Y esta vez elevando la apuesta en todo sentido. Su película no es solemne ni “literaria”: es física, casi táctil. Todo transpira. Hay barro, humedad, sudor, lluvia, piel, respiración. La pasión no está en los diálogos sino en los cuerpos.
Porque más allá del artificio de los sets —deliberadamente estilizados, casi anacrónicos por momentos— y de un montaje muy preciso, lo que más brilla es la dirección actoral.
Tanto Margot Robbie como Jacob Elordi la rompen en sus papeles.
Elordi construye un Heathcliff que muta. Arranca como ese personaje casi de cuento romántico, idealizado, y progresivamente se convierte en algo más oscuro: rencoroso, manipulador, dominante. No es un villano clásico, sino la encarnación de una obsesión que se pudre con el tiempo.
Robbie, en cambio, compone una Cathy ambigua. Vulnerable por momentos, caprichosa e impulsiva en otros. Quizás más suavizada que en otras versiones, pero siempre atravesada por una intensidad que roza lo autodestructivo.
Ambos encajan a la perfección en lo que los tiempos modernos catalogan como “relación tóxica”. Pero reducir la película a eso sería simplificarla demasiado. Lo que propone Fennell no es un romance trágico al estilo clásico, sino algo más incómodo: dos personas profundamente desordenadas que no pueden —ni quieren— mantenerse lejos una de la otra.
No coincido para nada con esa afirmación marketinera que enuncia que este film es “la nueva Titanic”.
Titanic —que ya cumple 30 años— es una fábula romántica con héroes nobles, antagonistas claros y una tragedia externa que separa a los amantes.
Acá no.
Acá no hay pureza ni destino épico. No hay iceberg. El desastre son ellos.
Es todo más sucio, más impulsivo, más irracional. El amor es casi una excusa para hablar del delirio, del ego, de la incapacidad de soltar. Los personajes no evolucionan: involucionan.
Otro punto interesante es el sexo. Celebro que una película mainstream sea adulta y sexual. Que no esquive el deseo ni lo edulcore. No necesita ser explícita para resultar provocadora. La sexualidad acá no es decorativa: es motor narrativo. Es pulsión, es poder, es territorio de humillación y de dominación.
Fennell se entrega a la intensidad emocional y sensorial. Y en esa decisión encuentra su versión más lograda.
Puede que para los puristas de Brontë esto sea una herejía.
Pero como experiencia cinematográfica, como relato de una pasión enfermiza filmada sin pudor ni solemnidad, funciona. Y mucho.
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